El fin del principio

Publicado: 28 abril 2011 en La vida

—Mira —le dije—, de aquí un rato me levantaré de esta silla y quitaré los fusibles. Hoy es el día, ha llegado el momento.

—Entiendo —contestó.

—Los habitantes de esta tierra ya han soportado esto demasiado tiempo. Es hora de dejar atrás esta pesadilla. Alguien tiene que acabar con esto, y el único que puede hacerlo soy yo. Toda la responsabilidad recae sobre mí.

—Yo soy parte de esto —dijo el anciano.

—Es cierto. ¿Qué propones?

El anciando quedó pensativo por unos segundos. Finalmente dijo:

—Necesitaré un nuevo empleo.

—Está bien. Te ayudaré a buscar algo.

—De acuerdo entonces —dije levantando el vaso.

—Espera —me detuvo—, celebrémoslo con algo especial.

El anciano se levantó y salió de la habitación. Allí quedé yo solo.

Cuando regresó llevaba una hielera entre las manos.

—Me habías dicho que no tenías hielo —dije mientras ponía un par de cubitos en cada vaso.

—Te mentí.

—Entiendo.

El anciano volvió a levantar el vaso.

—Por nosotros —dijo.

Brindé con él.

—Voy entendiendo —dije—. Poco a poco, pero voy entendiendo.

—Me alegro.

Me pregunté cómo lo haría. Me pregunté de dónde sacaría las fuerzas. Lo menos fácil estaba ahora ante mí. Se acercaba el momento de pasar de las promesas a los compromisos, de pasar de las mentiras a las verdades. De cambiar el chip. ¿Cómo lo haré?, me dije.

Empezaba a disfrutar de la compañía. Aquel anciano era también parte de este mundo que yo quería salvar. Sucediera lo que sucediera al amanecer, el cielo debía brillar para ambos. ¿Cómo podríamos ganar los dos? ¿Qué nueva ocupación podría desarrollar el anciano?

—¿Qué sabes hacer? —le pregunté.

—Oh, sé hacer muchas cosas. Mi fuerte es la compasión.

—¿Y qué puedes hacer con eso?

—No lo sé.

—¿Y qué sería si lo supieras?

—Podría ponerme en el lugar de otros. Podría sentir lo que sienten, lo que les lleva a hacer lo que hacen.

—Debería haber alguna tarea en la que eso pueda resultar útil.

—Seguro. También me resulta fácil concentrarme. Puedo pasar mucho tiempo haciendo algo desentendiéndome de todo lo demás. A veces me pongo a hacer algo y pierdo la noción de todo. Sencillamente estoy volcado en mi tarea. Y mientras estoy en ese estado, todo lo demás es irrelevante.

—Eso puede resultar muy útil.

—También puedo sentir tristeza. A veces lloro. Me siento tan triste que me afloran las lágrimas.

—Quizá podamos emplearte en… Caray, no se me ocurre nada.

—Nada siempre es algo.

—Quizá podamos crear un ministerio del aire o algo así…

—Es una buena idea. Y buena falta que haría.

Tomé otro sorbo de whisky.

—Un ministerio de la salud también podría ser útil.

—También. No entiendo cómo no tenemos algo así. Ministerio de la salud, del aire, del ejercicio…

El anciano se empezaba a ir por las ramas. Pronto amanecería, y era el momento de comenzar a tomar compromisos.

—Centrémonos —dije—. La torre quedará inutilizada esta noche. ¿Aceptas?

—Acepto —dijo—. Sólo te pido que nos acabemos la botella.

Miré la botella de reojo. Cuando los primeros rayos de sol pintaran el alba, habría todavía un largo camino hasta casa. Quedaba para un vaso cada uno.

—De acuerdo.

El anciano siguió hablando:

—Hay otras cosas que sé hacer. A veces me quedo mirando el techo sin hacer nada más. Puedo estar mucho rato. También puedo estar horas escuchando música. Me encanta la música.

Quedó unos segundos en silencio.

—¡Ah! —añadió con satisfacción—, ¡también sé decir NO!

Era la primera vez que escuchaba a alguien decir algo así.

—¿Sabes decir no? —pregunté sorprendido.

—No. Sé decir NO. El matiz es importante. Es la diferencia que marca la diferencia.

—¿Cuál es la diferencia?

—Cuando digo no y después lo hago, entonces es no. Cuando digo NO, entonces después no lo hago.

—¿Después no lo haces o después NO lo haces?

El anciano quedó perplejo. Añadió:

—No lo había pensado antes. Pues no lo sé.

Hay algo realmente difícil de reflejar en un escrito, y soy consciente mientras escribo esta historia: es verdaderamente difícil describir los silencios. En ocasiones los silencios añaden nuevos significados, dan nuevas explicaciones. Y sin embargo, los silencios no se escriben. No se pueden escribir. No hay palabras para escribir un silencio. Eso lo hace la música, no la escritura. No hay una palabra para el silencio salvo la palabra silencio, y en una página el silencio rompe el mismo silencio. No hay silencio para el silencio. El único silencio es el que queda cuando la historia termina.

La mente es una historia que nunca termina de contarse. El ser humano es un ávido lector que siempre quiere saber más, creyendo que cuanto más lea más sabrá. Siempre busca una nueva frase, un nuevo párrafo, un nuevo libro. Se lanza a la primera página creyendo que ahí encontrará lo que busca. Y no hay libro que lo explique.

No es fácil hablar en silencio, y sin embargo en silencio suceden las cosas más extraordinarias.

—Sólo del silencio nace la verdadera comprensión —dijo el anciano interrumpiendo mi torrente de pensamientos.

Quedé en silencio. Pero era inútil.

Quizá sea el silencio, el espacio entre las palabras, el que realmente habla.

—Vuestro problema es que estáis insensibilizados. Sois como una balanza que hace años que no se recalibra, y que ha llegado a un punto en el que le da igual 10 que 100 kilos; pesan lo mismo. Habéis dejado de sentir. Y por eso ha pasado lo que ha pasado. Por eso habéis llegado hasta aquí. Por eso estás tú aquí, esta noche.

Quedé en silencio.

Incluso, mientras escribo esta historia, quedo en silencio.

Tantas cosas aprendí de aquel anciano aquella noche, aunque entonces no lo supe. Tan agradecido lo estoy ahora. Las palabras me fallan y mis frases se quiebran. Mi siguiente frase duda. Y sin embargo, mis dedos continúan tecleando.

Algo sucedió entonces entre el anciano y yo. Sin hablar, hablamos. Sin intercambiar palabras, nos entendimos. Tomamos los vasos a la par y volvimos a brindar. Fue como si dos amigos que hubieran llevado vidas sin verse se reconocieran de nuevo y se dieran cuenta en el mismo instante en que lo hacían.

Sentí lo que él estaba sintiendo. Le comprendí profundamente. Supe lo que vivía en aquel momento de una manera que hubiera sido imposible explicar con palabras. No hizo falta que me lo explicara; simplemente lo supe. Sentí el whisky recorrer sus encías. Sentí el humo entrar en sus pulmones. Sentí el peso de su cuerpo sobre la silla. Vi a través de sus ojos y oí a través de sus oídos. Si me hubiera hablado, las palabras hubieran llegado tarde, hubieran resultado caducas en el mismo momento de brotar de sus labios.

Reconozco que sentí un cierto vértigo. Era la primera vez que vivía algo así.

No estábamos solos. Había otros allí con nosotros. Personas queridas. Para él y para mí. Seres estimados. Personas significativas. Cada vez más y más. Más y más caras se sumaban en aquella habitación, en los ojos de aquel anciano. Sonreí, y él vio en mis ojos lo que yo veía en los suyos. Y entonces comprendí un poco más.

Era una red. Una red extaordinariamente tejida. Una red que nos conectaba a todos. A todos los habitantes de aquel mundo y de muchos otros. Infinitos. Existían otros mundos con otras torres como aquella. Esta situación había tenido lugar ya antes con otros protagonistas, y esta situación se repetiría después de nuevo. Era un engranaje infinito en perfecto equilibrio. Cada pieza estaba en el lugar que en que debía estar en el momento exacto. Me maravillé ante la mayor obra de ingeniería que jamás había contemplado jamás. Era inmensamente precioso.

Era colosal. La eternidad completa sería necesaria para describirlo con precisión. Yo, desde luego, soy incapaz de encontrar las palabras precisas.

Imagina…

Imagina que el Universo concluye de la forma más extraordinariamente maravillosa en que puede concluir. E imagina entonces que cada uno de tus actos, que cada uno de tus pensamientos, ha sido una pieza irremplazable y crucial en el desarrollo de esa maravillosa historia.

Imagina que, siendo el Universo infinito, a la vez depende de ti. De un cero a la izquierda, de una mota de polvo. Da igual tu irrelevancia. El Universo cuenta contigo igualmente para escribir su maravillosa historia.

Todo es ya perfecto. Todo es ya como debería ser con una exactitud infinita. Todo es ya extraordinariamente hermoso.

Si en algún momento tu mente se abriera, se resquebrajara, quedarías sepultado por un terremoto, por maremoto, por un Universomoto de pura e infinita belleza. Quizá no lo entiendas ahora.

Tranquilo, lo entenderás.

La infinitud te contempla y te pregunta: ¿Lo estás pasando bien? ¿Estás disfrutando?

Y está dispuesta a acomodarse en cualquier instante. Para ti. El Universo te pregunta continuamente: ¿Qué quieres ahora? Tú decides cuál es tu respuesta.

Estábamos ya apurando nuestros vasos. Nos mirábamos con extrañas sonrisas que decían “Sé que lo estás sabiendo”. Sé que es extraño. Sé que no es fácil de comprender. Sé que las palabras no bastan para explicarlo.

—Uno más —dijo el anciano.

—Uno más —dije yo.

Y cada uno extrajo un último cigarro de la cajetilla.

Puse el cigarro entre mis labios. Sentí la boquilla. Sentí el olor del tabaco.

Encendí el pitillo y exhalé el humo. Lo dejé en el cenicero y lo observé consumirse. El humo ascendía en volutas. Primero en vertical para luego deshacerse en un torbellino a una altura de un palmo sobre el cenicero.

—Hay tantas cosas que necesito cambiar —dije.

—Te entiendo.

Aspiré profundamente. Echaría de menos los pulmones llenos de humo. Echaría de menos la grata compañía del tabaco en mis momentos de soledad.

Echaría de menos el sabor grasiento en mi boca. La sequedad. Los ahogos al subir escaleras. La falta de aire.

Echaría de menos tantas cosas. La sensación de estar haciéndome daño. La sensación de estar faltándome al respeto. La sensación de lanzarme al vacío.

“Fumar puede matar”, rezaba la cajetilla. Promesas y más promesas. Por algún motivo no ponía “Fumar mata”. O “Fumar acelera la muerte”. O “Fumar probablemente le someterá a una lenta y dolorosa muerte”.

“Fumar puede terminar conduciéndole a un sufrimiento tan indescriptible que no cabría en la leyenda de esta cajetilla”.

Algo así debería poner.

“Cuando fume, piense en el sufrimiento al que someterá a sus seres queridos”.

“Fume y verá lo que pasa. Verá qué risa”.

“Usted fume, fume”, debería decir la leyenda.

Imagino la cajetilla, con su recuadro negro y las letras en bella tipografía en su interior: “Tú fuma, fuma”.

Tomamos los vasos a la vez y terminamos el líquido a la una.

—El último —dijo el anciano.

Respiré un par de veces. Me costaba respirar. Mis pulmones estaban ya llenos de pura mierda. Aquello iba a ser difícil.

—El último —le contesté.

Silencio.

Por mi cabeza pasaron el compromiso. Pasaron mis seres queridos. Pasó el respeto a mí mismo. Pasó la idea de que una etapa debía quedar atrás para que una nueva etapa comenzara. Algún paso debería ser el primero de un nuevo camino. En algún momento habría que empezar a marchar una nueva senda. La historía debía, en algún punto, pasar a un nuevo párrafo.

Y empecé a ver el nuevo mundo con claridad. El sol brillaba en una nueva mañana, y algo era diferente. Algo había cambiado. Antiguas piezas encajaban en nuevos lugares. Antiguos recursos eran puestos al servicio de nuevas necesidades. Quizá estuviera viendo lo que durante tanto tiempo había anhelado. Quizá este fuera el principio de la historia con la que tanto tiempo había soñado.

Sólo había una manera de averigüarlo.

Encendí el último cigarrillo.

De mí dependía.

No estaba preparado, y lo hice igualmente.

El anciano se levantó y yo supe exactamente lo que sucedería a continuación. Salió por la puerta de la pared y volvió con una planta de marihuana.

Sonreí.

Sonriente se volvió a sentar a la mesa.

—Ella viene conmigo —dijo.

—Por supuesto —contesté.

Tantas eran las conexiones que el futuro se hizo cada vez más difuso cuanto más lejano estaba. Así debía ser en este momento.

No supe si estaba soñando o si era real, y supe que se trataba de la misma cosa.

Mientras el cigarro encaminaba su segunda mitad, supe que muchas cosas iban a cambiar. Era como cuando haces un puzzle y pones una determinada pieza. Entonces te das cuenta de que las cien piezas que descartaste antes en un montón van cerca de esa determinada pieza. Y cuando la pones en su sitio, comienzas a rescatar piezas del montón para ir completando la imagen a marchas forzadas. Más y más piezas encajan y encajan y el puzzle completo aparece cada vez más obvio ante tus ojos.

Doy un golpecito al cigarro. Quedan apenas un par de caladas.

Una.

Ground control to major Tom. Ground control to major Tom. Take your protein pills and put your helmet on.

Y entonces sabes que estás en órbita. En una nueva órbita. Quizá estés solo. Quizá haya otros como tú.

Buena suerte.

Me levanté, me dirigí a la caja de los fusibles y apagué la luz. Sólo las luces de emergencia quedaron prendidas. Sin mediar palabra, el anciano tomó la planta y ambos nos dirigimos hacia el ascensor. Los dos sabíamos que dejábamos algo atrás. Los dos nos sentíamos…

Los dos nos sentíamos.

Sonreímos mientras el ascensor recorría los cien pisos.

Las puertas se abrieron y caminamos a través del vestíbulo para salir al exterior.

La noche era agradable y aún quedaban unas horas para el alba. En silencio, nos alejamos de la torre. En la oscuridad, el enorme monolito quedó mudo a nuestras espaldas.

—¿Quieres que la lleve yo? —pregunté al anciano.

—Por favor —dijo.

Eso fue todo lo que dijimos hasta que los primeros rayos de sol se elevaron sobre el horizonte, y también permanecimos en silencio largo rato después.

Fue un largo camino hasta casa. Pero esa es otra historia y deberá ser contada en otro momento.

Fin.

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